Me han cambiado el orden de los apellidos en el certificado de defunción. Ahora que ya no importa. Ahora que ya no puedo nombrarme por orden ni desordenada. Ahora que mi nombre no identifica huesos, carne ni piel. Solo es una conjunción de letras que no pueden suplir la presencia más allá de lo que quede en la memoria de otros seres. Los vivos. Los que aún tienen apellidos y hasta un nombre o dos. Los que no han puesto punto y final a sus burocracias cotidianas con un papel timbrado firmado por un médico. Tres con sesenta y tres. Apenas unos euros para decir que esta boca ya no es mía. Que esta boca ya no es.

Y ese desorden por descuido ha venido a perturbarme las alas. Me he hecho un lío con las plumas y estoy derramando tinta sobre un papel no timbrado. Goteo. Sigo viva en apellidos y nombre. Fui también mirada y boca, latido y respiración. ¿Qué más dará si Abril es primero o es segundo? ¿Qué le importará a un funcionario si me voy tal como vine o un poco patas arriba?

Será mi última rebeldía para jugar al despiste. Como esquivando a la muerte por una errata que ya no me identifica como baja en el Padrón. Podéis seguir nombrándome de este lado del abismo mientras espero un papel de lápida definitiva.

Ahora nada legaliza mi ausencia. Juguemos a que sigo siendo por un rato. Lo que tarde alguno de mis vivos en volver a pagar tres con sesenta y tres y un doctor en poner orden a todas mis letras.